The Xavier Zubiri Review, Vol. 5, 2003, pp. 27-68

 

 

Algunas reflexiones sobre la “formalidad”, el “más” y el “hacia”

 

 

Ricardo A. Espinoza Lolas

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

Valparaíso, Chile

Abstract

At the heart of Zubiri’s thought about the formality of reality there are certain fundamental categories.  Two of them are “more” and “toward”.  These categories are moments of reality understood as formality, to the respective “going beyond” of which they refer.  Reality is not just what is sensed as real (no one senses just a thing and nothing more); rather, in order to be real it has to be more than itself, i.e., everything is sensed as being more than itself.  This radical “more” is already sensed in primordial apprehension and is what ultimately makes it possible for us to apprehend things in the fullest sense, since the “more” of reality bears us “toward” a more radical dimension of reality.  Intellection must take charge of this sensed “more” and set about determining it rationally.  And this it does in the nonspecific “toward” of reality.  All that we sense is sensed as being “more” than just what is actually being sensed because reality has to be determined in this rational “toward.”  Only thus can man take charge of himself and thereby things.  What this signifies is the great enterprise of living in which human existence is rooted.

Resumen

Dentro de lo más radical del pensamiento zubiriano de la formalidad de realidad tenemos ciertas categorías que son fundamentales. Unas de esas categorías fundamentales son: “más” y “hacia”. Estas categorías son momentos de la realidad entendida como formalidad. Y lo que mientan es la excedencia respectiva de ésta. La realidad no es solamente lo que es de tal manera sentida (nadie siente solamente una cosa y nada más), sino que para serlo tiene que ser más que sí misma (cualquier cosa se siente siendo más que sí misma). Ese “más” radical es sentido ya en aprehensión primordial y es lo que posibilita radicalmente que podamos aprehender las cosas de modo pleno, pues el “más” de la realidad nos lleva “hacia” una dimensión más radical de ella.  La intelección tiene que hacerse cargo de ese “más” sentido y en ello se lanza racionalmente a determinarlo; y esto lo hace en el “hacia” inespecífico de la realidad.  Porque todo lo que sentimos se siente como siendo “más” de lo que se está precisamente sintiendo es porque la realidad tiene que ser determinada en ese “hacia” racional. Solamente así el hombre puede hacerse cargo de sí mismo y en ello de las cosas. Lo señalado es la gran empresa vivencial en la que está arraigada la existencia humana.

 


Introducción

La realidad debiéramos siempre entenderla, como ya hemos dicho en otro artículo[1], como “reidad”; y así evitaríamos cualquier confusión o prejuicio en una interpretación posible del pensamiento zubiriano. La “reidad” es radicalmente en sentido propio la formalidad del “de suyo”. ¿Cómo dar con una acertada comprensión de este término tan técnico? El “de suyo”, como formalidad de realidad sentida en la aprehensión de las cosas, se nos muestra, en su “nuda” inmediatez, como “en propio”, esto es, “propio de sí” en un doble modo de consideración: el sincrónico y el diacrónico. La determinación esencial de la consideración sincrónica (estructural) del “de suyo” se muestra a través del “prius”. El “prius” es un “ya” asimétrico que constituye la realidad en respectividad con la intelección, desnivelando en su interior, por tanto, a tal constructo. Por eso, el “prius” es el fundamento de la co-actualidad. El “prius” domina en el acto de intelección respecto de lo inteligido como un “en propio” que es “más” (tanto del contenido sentido como del acto que lo está inteligiendo); un “más” que lanza a la intelección “hacia” el mero carácter de realidad. Por este motivo, el “prius” nos abre al “más” que “excede” a este mismo constructo entre la intelección y lo inteligido, esto es, nos abre al “más” de la realidad; y es esta categoría de la realidad misma la que es “hacia”. Es la realidad la que nos lanza intelectivamente “hacia” ella, “hacia” ese fondo inespecífico que todo lo constituye.  

Tanto el análisis del “más” como el del “hacia” estarán acotados solamente al ámbito de la realidad como formalidad que se nos muestra desde el “prius” del “de suyo” aprehendido. Pero este estudio descriptivo ya del “más”, ya del “hacia”, en honor a la verdad, es totalmente insuficiente; porque es “este más” el que nos lanza inexorablemente “hacia” al dominio de la transcendentalidad. Desde estos rasgos que están excediendo el contenido sentido y el acto de aprehensión se constituye el orden transcendental mismo de la realidad simpliciter. Aunque parezca pobre lo que se diga en este trabajo ya con relación al “más”, ya con el “hacia”, es lo único que se puede decir de ellos desde la formalidad de realidad. Lo otro sería realizar una metafísica; algo completamente ajeno a nuestro propósito.

I. El problema del “más”

Analizar esta categoría zubiriana nos puede llevar por muchos lugares distintos. Por esta razón, es preferible desechar ciertas concepciones equivocadas del “más” y desde este modo veremos cómo desde una nueva consideración de esta categoría nos permite repensar asuntos fundamentales en el pensamiento filosófico occidental. El tema del “más” nos posibilita sumergirnos en las profundidades mismas del carácter filosófico de asuntos que siguen latente hoy. Pero desde la mirada zubiriana se dan nuevas respuestas a tales asuntos. A veces cuando queremos obtener nuevas respuestas a preguntas fundamentales es necesario realizar dichas preguntas desde otra perspectiva, desde otro horizonte. Y el horizonte de la realidad como formalidad nos posibilita por lo menos dos cosas. Una es que esta categoría no se le entiende de modo sustantiva; no existe en ningún caso algo que sea “el” más. Y otra cosa fundamental es que esta categoría es de carácter físico y está sentida en aprehensión primordial; lo cual conlleva que el “más” sea entendido como algo fundamental en el diario vivir del hombre. 

A. Incorrectas interpretaciones del “más”

Para analizar el “más” desde la realidad atendamos a un texto de Inteligencia y realidad; en él nos percataremos sobre lo que no debe entenderse por tal “más”: “… una cosa real es por ser real ‘más’ de lo que es por ser coloreada, pesada, etc. Este ‘más’ es, pues, un momento que pertenece intrínseca y constitutivamente a la estructura misma del ‘de suyo’. Como diré enseguida, han de evitarse en este punto dos graves errores. El primero consiste en pensar que este ‘más’ es el modo formal mismo de la realidad. Entonces el ‘de suyo’ sería algo fundado en el ‘más’. Esto es imposible. El ‘más’ es siempre y sólo un momento del ‘de suyo’ y por tanto es sólo un momento fundado. El otro error es de signo opuesto. Consiste en pensar que el ‘más’ es una especie de añadido más o menos imaginario a la realidad, al ‘de suyo’. Esto es imposible. El ‘más’ pertenece estructural y constitutivamente al ‘de suyo’ mismo. Ambos errores son consecuencia de no haber aprehendido en qué consiste la articulación del ‘de suyo’ y del ‘más’. Pues bien, esta articulación es la trascendentalidad misma de la formalidad de realidad”[2]. Este texto nos da múltiples claves para dar con el sentido pleno del “más” de la realidad. Pero no olvidemos que para entenderlo en su complejidad total es necesario siempre tener ante la vista que “más” y “de suyo” tienen una articulación esencial. Pues el “más” reposa en el “prius”. En cierto sentido, “prius” es un carácter esencial del “de suyo” y todo lo que se ha dicho de aquél vale para éste.

Antes de entrar en qué sea “eso” que indica que una cosa real por ser “real” es “más” que su contenido específico y puntual sentido en una determinada aprehensión, nos limitaremos a tratar de explicar lo que no es el “más” y así “ya” estaremos en el camino apropiado para su comprensión. Esto nos permite de modo negativo barruntar este difícil, pero importantísimo carácter de la realidad: “El ‘más’ es asaz impreciso”[3]. Zubiri nos aparta del camino que no se puede transitar, pues intentarlo es perderse en el hablar que extravía al hombre. Este camino intransitable es uno muy especial, puesto que tiene dos modos de ser entendido. Uno, nos lleva al exceso (algo típico del “más”). Y otro, que nos lleva a lo opuesto, esto es, a la escasez. Por el primer momento, puede creerse que el “más” es todo lo que hay. Un “más” que reposa en y por sí mismo y que en esto constituye la realidad, pero ¿cómo podría el “más” por su propia condición constituir la realidad, sino es que la realidad misma es la que es “más” que una cosa determinada y “más” que la aprehensión que intelige?

Zubiri sabe que el “más” requiere fundamentación en su índole esencial, pues no hacerlo sería caer, una vez más, en las filosofías de la voluntad (en todas sus variantes)[4]; las cuales se constituyen en un hacer que reposa en sí mismo y en esto se funda de modo arbitrario todo cuanto hay. El “más” no puede ser fundamento, porque no está en él serlo. El “más” tiene que ser “otra cosa” completamente distinta de un fundamento. Lo que sucede, una vez más, es que se tiende a sustantivar algo que no puede ser sustantivado para nada. Cuando intentamos precisar lo que es el “más” sin darnos cuenta buscamos un “sub-jectum” por detrás del “más” mismo. Es casi inevitable por la estructura misma de nuestro decir y pensar. Al querer delimitar y definir de inmediato hablamos de “el” “más”. El “más” no puede ser “algo”, sino solamente un rasgo fundamental y esencial, pero mero rasgo al fin y al cabo; solamente tiene sustantividad la realidad (el “de suyo”). Pero cuando queremos expresar en lo que consiste el “más”, de antemano “ya” lo sustantivamos haciéndolo sujeto de predicación. Y esto sucede con el mínimo hecho de hablar del “más” a través del artículo “el”. Al indicar el “más” (no podemos hablar del “más” sin sustantivarlo con un artículo) como “el más” ya lo estamos sustantivando y, en ello, estamos extraviando nuestra investigación. El “más” al sustantivarlo queda por fuera de todo lo físico (lo sentido) y se nos transforma en algo vacío de contenido. Y, por esta razón, nace una dualidad entre lo sentido y lo inteligido (dualidad de mundos que es la base de la metafísica occidental que critica el filósofo)[5]. Y el “más” se nos vuelve en un “concepto”, uno muy importante que está por encima de todo lo físico y sensible: “… es preciso considerar el ‘más’ en su primariedad pre-conceptiva”[6]. Allí radica que se nos torne en “algo” completamente excelso y que esté por encima de todo (es el Absoluto por antonomasia de los idealistas)[7]. Pero, también, tenemos la vía opuesta de interpretación del “más”. El “más” es un simple “añadido” a la realidad. Esto es completamente equivocado. El “más” se vuelve en “humo”[8], un vacío inesencial respecto de la realidad. Es el problema típico de los realismos. Ellos parten de que “hay algo” por excelencia que es garante de todo cuanto hay y con esto es suficiente. Todo lo posterior es mero añadido extrínseco y no indica nada constitutivo ni trascendental. Este error está anclado en el mismo supuesto anterior, esto es, el problema del decir filosófico. El problema del decir filosófico es el que causa y es responsable de que no se entienda de modo pleno la ligadura entre “de suyo” (realidad) y “más”. Y se comprende equivocadamente cuando se cree que todo lo que se predica, todo lo que es atributo de lo esencial, de lo trascendental es innecesario, contingente y accidental. El logos predicativo indoeuropeo es el que al tener centrado el objeto sustantivado de análisis (algo “más allá” de lo sentido) niega todo lo otro; y, por tanto, esto otro se torna en algo que está demás (es “mero” accidente)[9].

B. Articulación entre realidad y “más” 

Ahora es el momento de entender mejor la articulación constitutiva entre “de suyo” y “más”; es decir, la transcendentalidad misma de la realidad. Pero lo indicaremos, como hemos dicho, tan sólo desde la realidad aprehendida. La transcendentalidad no es nada del “otro mundo”. Y no podía serlo, porque Zubiri se refiere a lo físicamente sentido en el acto de aprehensión humana. Y es en lo físico mismo donde acontece la transcendentalidad; es decir, el “más” de la realidad respecto del contenido específico y respecto de la intelección. Y lo físico, por ende, se manifiesta desde una mirada constructa que actualiza lo sentido desde sí mismo, sin ningún “sub-jectum” que esté por fuera o allende lo físico mismo. De esto, se nos aclara ostensiblemente que “una cosa real es por ser real ‘más’ de lo que es por ser coloreada, pesada, etc.”. Pero este “más” es “en” lo sentido: “… lo que yo intelijo en la cosa es que ser real es ‘más’ que ser esta cosa determinada. En la cosa misma… es donde yo intelijo el ‘más’. En la cosa misma, no en un ser anterior a ella, es donde yo intelijo el ‘más’”[10]. No podemos olvidar esto en el momento de analizar el pensamiento zubiriano. Su “más” es un “más en” el contenido mismo sentido “en” una aprehensión. ¿Cómo podemos, entonces, entender el “más” de manera apropiada?: “… aquel momento de realidad aún siendo ‘más’ que verde, sin embargo, está en el verde mismo. Realidad es ‘más’ que las cosas reales, pero es ‘más’ en ellas mismas. Y justo esto es dominar: ser ‘más’ pero en la cosa misma; la realidad como realidad es dominante en esta cosa, en cada cosa real. No se trata de que ser dominante consista en ser más importante que ser verde, sino de que el momento de realidad determina físicamente, pero sin ser causa, que el verde sea una forma de realidad”[11]. Si se quiere hablar desde la cosa misma, habría que señalar que ese “más” que describe el filósofo, acontece en la aprehensión como un cierto dominar de lo real mismo sobre el contenido de tal o cual cosa. Un contenido no es solamente todo lo que es, en tanto que ser una cualidad específica, determinada, puntual, contingente, sensible, sino que junto con ello todo contenido está tocado en sí mismo del carácter de realidad. Está tocado en su fuero interno y propio de absoluta realidad. Que el contenido esté tocado de realidad no significa que sea del tipo conceptual, sino simplemente que está tocado en su propio carácter de real en lo que consisten sus notas físicas.

Por esta razón, nuestro filósofo no puede entender la articulación entre realidad y contenido en la cosa sentida desde una “predicación causal”[12]. Pues nuestro pensador ve en ella, una “teoría” que presupone “otro mundo” no físico, sino conceptual, en el cual se construye un “sub-jectum” que causa el contenido. Pero esto no es así, las notas del contenido son propias de sí mismas (“en propio”), se poseen, se remiten, se arrastran, se ratifican a sí mismas desde lo mismo que son. Y eso mismo se nos impone en el fundamento de su propia constitución. Luego, como es obvio, no es necesario “postular” nada más allá de lo físico sentido. [13]. Este rasgo primordial físico de la realidad es el “prius” respecto de su contenido y de su intelección. Ese “prius” del “de suyo” de la realidad es “ya más” que un contenido meramente determinado. Y es, por tanto, lo que posibilita el contenido desde sí mismo a ser “tal” contenido (talidad) y, a una, a ser “más” que esa determinación (transcendentalidad). De allí resulta que el contenido por ser real en la aprehensión se desborda de sí mismo, se abre desde sí a cualquier otro contenido posible. Por tanto, el “más” de la realidad tiene la dimensión esencial de ser un “trans” de inespecificidad en lo específico del contenido: “… la impresión de realidad es siempre, a diferencia de su contenido, constitutivamente inespecífica. La formalidad no es una cualidad más. Pero ésta es una conceptuación meramente negativa. Positivamente, la impresión de realidad es inespecífica porque trasciende los contenidos. Tiene, por tanto, una estructura trascendental. La transcendentalidad es la cara positiva de la inespecificidad”[14]. Este “trans” de las cosas reales no mienta nada conceptual, sino el carácter físico de ellas. Y aunque parezca muy repetitivo lo señalado por Zubiri a lo largo de su obra, en general, y en la Trilogía sobre la intelección, en particular, es necesario mostrarlo explícitamente, porque en esto se juega toda su idea de la realidad como formalidad de realidad, esto es, “reidad”. Que: “El trans mismo no es un carácter conceptivo de las cosas reales”, tampoco significa algo allende lo físico mismo. Transcendentalidad no es de ningún modo “lo” transcendente. Y no podemos perder esto de vista en el momento de interpretar los textos zubirianos. La pregunta por “lo” transcendente escapa por completo del pensamiento “noológico” del filósofo español, pues presupone salirnos de la descripción del hecho que se nos impone y postular alguna teoría de cómo “podría ser” esto que se mienta como “lo” transcendente.

Volviendo al “trans”, éste al ser sentido “en” los contenidos mismos nos lanzará en una intelección “ulterior racional”, la cual nos lanza “hacia” la realidad a secas, a lo que las cosas mismas sentidas son en su rasgo transcendental: “La transcendentalidad es real: por ser real, la cosa es ‘más’ que lo que es por ser caliente o sonora. Pero a su vez este ‘más’ es un ‘más’ de realidad; es, por tanto algo que se inscribe en el ‘de suyo’ en cuanto tal. La transcendentalidad es la apertura misma de la formalidad de realidad en cuanto tal; por tanto, es ‘más’ que la realidad de cada cosa”[15]. El problema del “más” de la realidad nos lleva al ámbito de la transcendentalidad y de allí a las cosas mismas, pues ellas se constituyen en lo abierto de la transcendentalidad, pero nunca nos lleva a “lo” transcendente saltándonos lo dado en impresión de realidad. Y, además, lo que se pueda decir o construir racionalmente de “lo” transcendente siempre es desde lo que se abre en el “más” del “prius” de la realidad. Sin embargo, no podemos olvidar que para Zubiri, como se ha dicho, el estudio de lo real como de la intelección son congéneres por estar incardinados a la realidad como “de suyo”. Desde el “de suyo” surgen dos vertientes posibles de análisis. Una vertiente nos sumerge en lo real mismo y la otra en lo real actualizado en inteligencia sentiente: “Como pertenece en propio a lo aprehendido, resulta que esta formalidad de realidad tiene dos aspectos: uno que da a lo aprehendido mismo, otro que da a la inteligencia sentiente. El primer aspecto nos sumerge y nos hace penetrar en lo real mismo. El segundo aspecto nos lleva en cambio a sumergirnos en la intelección misma… ambos aspectos no son ni pueden ser independientes”[16]. El primer momento nos lleva al camino metafísico de la obra zubiriana y el segundo al camino de la descripción constructa de la trilogía de la intelección. En todo caso, aunque ambos caminos son congéneres y están centrados en el “de suyo”, no son caminos que se caminen por igual. Es evidente que para el filósofo es fundamental y más importante todo el camino metafísico, pero éste es impracticable sin primero caminar por el de la intelección. Desde la intelección se abre una construcción más verdadera de lo metafísico. Esto nos indica que cualquier cosa que se construya teóricamente sobre la transcendentalidad solamente será viable si está  levantado desde el “más” sentido de las cosas en la formalidad de realidad.

La metafísica para Zubiri, entonces, es una construcción en la transcendentalidad misma de la realidad; es una física de la transcendentalidad. Y esto es lo que pretende el filósofo en sus obras metafísicas. Es construir racionalmente en la transcendentalidad mundanal de la realidad  respuestas para determinados temas fundamentales para el hombre y la realidad en general. El problema de la construcción de lo que sea la transcendentalidad es un problema posterior al tema del análisis descriptivo del acto mismo de intelección sentiente. Y nos lleva al ámbito del conocer y la razón. Es ésta la que se tiene que preguntar “en” el carácter físico del “más” de la realidad por el fundamento de dicho carácter. Y ante ese problema se pueden obtener varias respuestas, las cuales están soportadas desde un horizonte metafísico determinado. Por ejemplo, la transcendentalidad puede quedar bosquejada racionalmente en una teología como constituida por Dios o como simplemente fundada desde la nada, incluso podemos suspender cualquier intento de dar con un fundamento de la transcendentalidad y quedarnos en una mera incertidumbre, etc. Los caminos de respuestas son variados. Pero basta con lo dicho, porque no estamos haciendo un estudio de la metafísica del filósofo, sino simplemente volviendo a caminar su describir constructo de la realidad. 

Por ahora, sigamos sumergidos en el “más” de la realidad (la estructura del “trans”) que está sentida en lo físico de los contenidos mismos. Estos contenidos, como hemos dicho, quedan traspasados por el carácter de realidad; es lo real lo que constituye su unidad intrínseca y estructurada, y es la que se impone liberando el contenido de su especificidad y determinación. El contenido se libera de ser simplemente “tal” contenido por el momento mismo de realidad en el cual se constituye. El contenido queda agarrado en sí mismo por el “ex” liberador del “más”. Es este “ex” el que muestra el rasgo de absoluta mismidad abierta en el que consiste la realidad como transcendentalidad del contenido “en” él mismo: “La formalidad misma de realidad es constitutiva y formalmente ‘extensión’. Por tanto, no se trata de mera universalidad conceptiva, sino de comunicación extensiva real. El trans de la transcendentalidad es un ‘ex’, el ‘ex’ de la formalidad de lo real”[17]. En el “ex” se juega la interpretación misma de lo que nuestro pensador llama estructura de transcendentalidad. Dicha estructura nos indica que nuestro pensador nunca ha dejado la mirada constructa a lo largo de su vida. Y es ahora en un tema tan decisivo para su pensamiento en que tal mirada cobra real sentido. El “ex” desde lo constructo nos indica siempre, no lo olvidemos, lo físico mismo que se nos impone en la impresión de realidad en cuanto desbordándose desde sí en un contenido determinado. Es el constructo en “excedencia”. No se puede creer que esto sea una teoría de la índole que sea, por al contrario, para Zubiri esto está dado en la impresión de realidad. Está tan dado que una simple descripción constructa nos lleva de inmediato a lo esencial del “ex” de la formalidad: “Realidad es formalidad de impresión, y transcendentalidad es el momento del ‘ex’ de esta formalidad. El análisis de este ‘ex’ es, pues, un análisis de la impresión misma de realidad. No es una teoría. En la impresión de realidad es donde inmediatamente descubrimos la transcendentalidad como un ‘ex’”[18].   

Para explicar este “ex” del “más” de la realidad podemos pensar en el rasgo de “extensión”, “expansión”, “exceso” que rebasa a cualquier aprehensión de un contenido determinado en el acto mismo de aprehensión (sin salirnos de ella). Es un “ex” que nos sumerge en el mismo contenido, no en lo que tiene de específico y determinado, sino en lo que tiene de mismo y real. Nos hundimos en el rasgo de realidad de él: “Y es esta realidad la que… rebasa el contenido, pero dentro de la formalidad misma de alteridad. Este ‘rebasar’ intra-aprehensivo es justo la transcendentalidad. La impresión de realidad no es impresión de lo transcendente, sino impresión transcendental. El trans no significa, por tanto, estar fuera o allende la aprehensión misma sino estar ‘en aprehensión’, pero ‘rebasando’ su determinado contenido”[19]. Zubiri nunca, a lo largo de su obra, se cansa de decirnos que el carácter de realidad no se puede entender por fuera de sí mismo. Y esto se debe a su expresar constructo en contraposición con el expresar indoeuropeo. Y esto lo hace por el pavor que le causa caer en su propia lengua, el castellano, en semejante modo de dar con la realidad. Un modo que ha extraviado la investigación pensante desde siglos y Zubiri ve en tal extravío los “errores” de su presente histórico que tanto le afectan. 

El rasgo de transcendentalidad no se corresponde con “lo” transcendente como ya lo hemos indicado. La transcendentalidad se siente en impresión de realidad; es ella misma la que es transcendental, pero no es una impresión “de” lo transcendente. Pensar esto sería completamente absurdo para Zubiri e iría en contra de la esencia de su pensamiento. El rasgo de transcendentalidad de la realidad lanza, trascendentalmente, en “hacia” la intelección, para que ulteriormente indague por un posible fundamento que dé respuesta a la cosa sentida en ese mismo rasgo transcendental que la abre inespecíficamente en “hacia” a nuevos contenidos. Respecto del “hacia”, como elemento sincrónico del “de suyo”, lo estudiaremos en la segunda parte de este artículo. Tanto el carácter transcendental de la cosa inteligida como el carácter transcendental de la propia intelección están anclados en la transcendentalidad de la realidad.

Tomemos del propio Zubiri un ejemplo bastante clarificador para captar adecuadamente lo que entiende por el “ex” de la realidad. Y si nos damos cuenta en este ejemplo está discutiendo con la tradición filosófica que categoriza la realidad predicativamente y con ello la transcendentalidad se torna en un concepto que funciona como “comunidad conceptual” de las diferencias; comunidad que se entiende como causalidad, la causalidad metafísica que funda los efectos. El filósofo español va a oponerse a todo esto; y lo hace entendiendo la transcendentalidad de modo físico en la aprehensión misma y de allí surge la determinación de “comunicación” para la transcendentalidad en oposición a la idea de la “comunidad”. Y en la comunicación no se puede hablar de causalidad, sino de “funcionalidad”. Pues en la causalidad nos movemos en una teoría metafísica que predica “otro mundo” a parte del físico que se nos impone; un mundo que es realmente verdadero y que causa este mundo físico que siempre tiene algo de apariencia. De allí que llamará la transcendentalidad como “función transcendental” y nunca hablará de causalidad transcendental ni metafísica. El ejemplo es la gota de aceite: “Es la formalidad misma de realidad lo que es transcendental en sí misma. Y este ‘transcendental’ no ha de conceptuarse en función de aquello hacia lo cual se transciende, sino en función de aquello desde lo cual se transciende. Es algo así como una gota de aceite que se extiende desde sí misma, desde el aceite mismo. La transcendentalidad es algo que, en este sentido, se extiende desde la formalidad de realidad de una cosa a la formalidad de realidad de toda otra cosa. Transcendentalidad entonces no es comunidad, sino comunicación. Esta comunicación no es causal: no se trata de que la realidad de una cosa produzca o genere la realidad de otra. Esto sería absurdo. Trátase de una comunicación meramente formal”[20]. Que sea meramente formal no quiere decir que no lo sea de carácter real, sino todo lo contrario. Porque es comunicación física en lo mismo que se está. No tiene nada que ver con el ámbito de los conceptos y causas, puesto que aunque se hable de causas, éstas no son físicas sino que están en los dominios de las relaciones esenciales de la predicación entre sujetos y accidentes de la metafísica tradicional. Esta metafísica, según la interpretación zubiriana de la filosofía realista e idealista, ve en “el concepto” el generador, el responsable que causa todo cuanto hay[21]. Todo lo físico, que es por excelencia lo mudable, está siendo generado, producido, soportado por “el concepto”, que es el único que “siempre es”. El punto más alto de esta forma de metafísica es, para Zubiri, el pensamiento de Hegel: “El concepto es formalmente para Hegel el verum transcendentale, la verdad transcendental. Precisamente por ese carácter transcendental, es ‘a una’ la verdad de mi certeza y la verdad de la cosa[22]”. El pensamiento hegeliano es la culminación de una metafísica que comenzó en la misma Grecia y atravesó la Edad Media: “Para Aristóteles ser no es género sino un supremo concepto universal transgenérico. Por tanto la comunidad no es participación: es solamente una comunidad conceptiva de las cosas. Transcendentalidad es lo propio de un concepto en que lo concebido está en todas las cosas. Ser es el concepto más universal, común a todo. Los demás conceptos no son transcendentales, sino a lo sumo conceptos genéricos. Y así se pensó en toda la Edad Media. Transcendentalidad consiste en ser un concepto trans-genérico”[23]. En cambio, en la formalidad de realidad, propuesta por Zubiri, todo es absolutamente diferente. En efecto, en la realidad el contenido se extiende sobre sí mismo en su intrínseca mudabilidad, en esto, el contenido queda en la aprehensión en lo mismo que es.

La realidad va dando de sí en el contenido mismo; éste se expande, se “des-borda”, se “des-limita” de su mero carácter de precisa determinación y en esta expansión el contenido es sentido en su intrínseca apertura que lo libera, en ese “más” que lo constituye. La realidad “en” el contenido libera a éste de su especificidad en vista a su propio momento de realidad que lo constituye y, en esto, la realidad se vuelve ámbito que cobija el contenido y no solamente a éste, sino a cualquiera que pueda advenir a ese contenido en el acto de aprehensión de realidad: “La formalidad de realidad es abierta desde sí misma en tanto que realidad: una única impresión de realidad aloja los contenidos más diversos. Esta apertura es la transcendentalidad: no es un concepto de máxima universalidad, sino una comunidad física de realidad, por tanto un momento de comunicación”[24]. La realidad como “más” es esencialmente la “apertura” constitutiva del contenido a su propio carácter real. La apertura sería el mejor nombre que da cuenta del “más” de la realidad. 

C. Estructura transcendental de la realidad

Zubiri entiende la transcendentalidad, como es evidente, desde una visión constructa de ella[25]. El filósofo nos describe una estructura de la transcendentalidad que es sentida propiamente tal en el acto mismo de intelección de las cosas; nosotros nos referiremos a ella en cuanto nos concierna en nuestro asunto en lo estrictamente ligado a la realidad. Este “más” de la formalidad que se expresa como absoluto “ex” liberador del contenido en su pobre y primaria determinación, se impone estructuralmente en la aprehensión de un modo cuádruple. Veámoslo en esta apretada fórmula: “La transcendentalidad es precisa y formalmente apertura respectiva a la suidad mundanal”[26]. ¿Cómo entender semejante fórmula sintética? La apertura respectiva a la suidad mundanal se podría entender como cuatro notas que actualizan la unidad del “ex” de la realidad. Pero estas notas están articuladas de un modo muy preciso, cada una de ellas se apoya esencialmente en la anterior. En donde la primera nota de la serie es totalmente infundada y viene a ser la plasmación misma del “ex”. Esta nota es la “apertura” y la estudiaremos a continuación.

C.1 La apertura

La apertura mienta esencialmente la transcendentalidad del “ex” de la realidad. Y de la apertura hemos hablado constantemente a lo largo de este artículo, pero no de manera explícita. Ahora nos haremos cargo de ella en toda su radicalidad: “La formalidad de realidad en sí misma, en cuanto ‘de realidad’, es algo abierto. La formalidad de realidad es, pues, un ‘ex’. Por ser abierta esta formalidad es por lo que la cosa real en cuanto real es ‘más’ que su contenido actual: es transcendental, transciende su contenido. Realidad no es, pues, un carácter del contenido ya concluso, sino que es formalidad abierta”[27]. Si nos fijamos en este texto queda de manifiesto que la realidad está en íntima ligazón con el contenido sentido en la aprehensión y no es nada del “otro mundo” como ha sido pensado, según la crítica zubiriana, por la metafísica de la filosofía tradicional. Pero en esta íntima articulación, entre contenido y realidad, se siente el “ex” de dicha realidad; por tanto, se siente “ya” el contenido sobrepasado y excedido en lo que determinadamente es en una primaria aprehensión de él. Realidad es un carácter del contenido, pero no del contenido como determinado y específico, sino todo lo contrario. Como la gota de aceite, la realidad rebasa desde sí misma el contenido; esto es, el contenido en lo mismo que es como determinadamente específico se supera y se desborda en lo mismo que está siendo. Dicho de otra manera, en el “más”, por ejemplo, de las gafas, del verde, del calor, se siente que tales contenidos sentidos se desbordan en lo que son. Son sentidos como siendo “más” de lo que son en esa primaria determinación. El verde que se nos impone, no se nos impone como siendo solamente verde; esto es totalmente imposible. Nadie ha sentido alguna vez en su vida un contenido solamente verde, sino que se siente un verde “de suyo”, un verde real. Un verde que siendo propiamente lo que es, es “más” que sí mismo en tal aprehensión de él. El verde “de suyo” sentido es un verde que se siente siendo “más” que verde[28]. Y es este motivo, que el verde esté abierto a su mero carácter de realidad y no solamente confinado a su primaria determinación, el que posibilita que nos lancemos a ulteriores determinaciones de ese verde sentido. A través de ese verde sentido, que es “más” que verde, se puede ir a buscar su fundamento científico o poético o cotidiano, etc. Si no se sintiera ese “más” en el verde, sería imposible el conocimiento científico y cualquier tipo de conocimiento en general. En ese “más” que abre el verde desde sí mismo se abre esencialmente la intelección.

La intelección libremente indaga en el ámbito de ese verde por algún fundamento de éste. Tanto el verde como la intelección han quedado libres desde esa apertura del “más” de la realidad. Basta un simple análisis de los hechos para darse cuenta de ello. Todo contenido exige una determinación de sí más apropiada de lo que primeramente se muestra cuando se impone en el acto de aprehensión. Ni el verde le es suficiente ser solamente verde ni la intelección se conforma con esa primaria aprehensión. Cualquier contenido “de suyo” es un “ya” (“prius”) que se impone como un “más” que requiere formalmente una respuesta libre, por lo que verdaderamente es, por parte de la intelección. Es como si el contenido nos demandara, en el mismo acto aprehensivo sentiente, una determinación más acabada y ajustada de sí; la cual nunca será del todo ajustada y que jamás dará real cumplimiento a tal demanda, pues el “más” del contenido siempre puede recibir una nueva determinación. Por ejemplo, en el caso del verde sentido: es algo que nos impresiona, un verde, un color, un motivo de inspiración poética, un ejemplo filosófico, una pintura de un coche, una palabra, etc. Todo contenido por ser sentido en su pobreza propia es, a una, sentido en ese carácter físico que lo desborda precisamente de esa determinación inicial. Esto es así, porque se siente el desajuste interno y asimétrico de realidad y contenido en la cosa sentida. Es ese carácter de realidad física el que nunca será del todo definido y determinado, porque es en sí mismo imposible hacerlo. El “más” de la realidad siempre puede alojar en sí nuevos contenidos: “Decir realidad es siempre dejar en suspenso una frase que por sí misma está pidiendo ser completada por ‘realidad de algo’”[29]. Uno de los grandes aportes de la filosofía zubiriana es esta frase en lo que tiene de simple en su inmensa profundidad. La realidad es el “de suyo” que requiere al aprehensor, es un “de suyo” interrogante que agarra y constituye formalmente el acto de aprehensión en lo más propio de sí. Y lo agarra en el contenido mismo sentido, porque éste de inmediato se nos escapa de su especificidad y nos deja abierto en el ámbito de la realidad para que podamos dar una respuesta que dé verdadero cumplimiento a esta exigencia que se nos impone en nuestro acto de aprehensión.

Pero, por lo dicho, nos surge una gran pregunta: ¿cómo es posible que la realidad, en el contenido mismo sentido, libere el contenido de su determinación puntual y lo deje abierto a otra posible determinación? Zubiri lo explica de modo sintético, pero muy acabado: “… si por cualquier razón el contenido de la cosa real se modifica, no por eso la cosa real se vuelve forzosamente otra realidad. Puede continuar siendo la misma cosa real aunque modificada. ¿Qué es esta mismidad? No se trata del simple fenómeno de constancia perceptiva sino de una estricta mismidad numérica del momento de realidad. El contenido del ‘de suyo’, es decir lo que es ‘de suyo’, ha cambiado pero no ha cambiado el ‘de suyo’ mismo en cuanto tal. La misma formalidad de realidad, en mismidad numérica, ‘reifica’ cuanto adviene a su contenido. La cosa es entonces la misma aunque no sea lo mismo… Cada nueva aprehensión de realidad se inscribe en la formalidad de realidad numéricamente la misma. Es lo que constituye el primer momento de la transcendentalidad: la apertura”[30]. La pregunta “¿qué es esta mismidad?” nos sumerge en lo propio y fundamental del problema de la transcendentalidad pensada por el filósofo español. Entenderlo es dar con lo medular de la realidad como formalidad sincrónicamente hablando.

El filósofo español responde la pregunta por la mismidad a través del logos nominal constructo. Y aquí radica la diferencia absoluta de su pensamiento con la manera tradicional de hacer filosofía. No olvidemos que el modo griego de pensar, que es la base de la filosofía europea, es el modo indoeuropeo que predica accidentes sobre un sujeto que permanece idéntico a sí mismo y por debajo de ellos. En esto el pensador toma total distancia con el método usual de hacer filosofía para dar con el sentido real y físico de la mismidad. No se busca un concepto de mismidad, algo que fuera idéntico a sí mismo, que no cambie y que esté más allá de lo físico; sino todo lo contrario, se busca en lo físico mismo sentido. Por esto, dice Zubiri de modo muy definitivo algo que ya sabemos, cuando está explicando el nuevo sentido de la mismidad: “La mismidad en cuestión tampoco es una identidad conceptual: no es mera comunidad. Es comunicación, es reificación. No es que el concepto de realidad sea igual en las distintas realidades, sino que se trata de una mismidad numérica”[31]. Entonces ¿qué es esta mismidad? La mismidad es comunicación; es decir, “reificación”, mismidad numérica. Veamos lo que significan estas “señas” de la mismidad entendida por el filósofo. El contenido sentido en el acto de aprehensión puede cambiar, pero no cambia su realidad. ¿Qué quiere decir esto? Hay algo que no cambia. Sabemos que un contenido es siempre algo superado en lo más propio de sí. Todo contenido exige, cuando se impone en nuestra aprehensión, que respondamos por su carácter de real. Lo real “en” el contenido, se excede y se desborda y nos requiere en la misma aprehensión para que respondamos de modo más acabado por ese contenido sentido. De aquí nacen los modos ulteriores de intelección: logos y razón: “Decir que ser real es ‘más’ que ser concretamente esto o lo otro significa, primero, que el momento de realidad de este par de gafas, por ejemplo, no se identifica ‘sin más’ con que sea este par de gafas, y, segundo, que ese momento de realidad de este par de gafas es un carácter que excede en cierto modo de la realidad misma de este par de gafas, porque en esta realidad se me da de alguna manera la realidad simpliciter. No es que en este par de gafas lo que aprehendo sea ‘este par de gafas’ más la realidad, sino que en este par de gafas real su realidad no queda reducida a ser este par de gafas real… Justo por eso la inteligencia tiene que precisarlo”[32]. Pero ¿cómo se articula, se liga contenido y realidad? Se articulan desde la mismidad de la realidad abierta. Pero la mismidad no es ningún concepto que funcione como “sub-jectum” tras los accidentes y que los reúna en una identidad formal, vacía y conceptual. La mismidad es el “ex” físico de la realidad “en” el contenido sentido.

La mismidad no es un “algo” que esté sustantivado y que exista en alguna manera y en algún lugar misterioso, es decir, no es un piélago, no es “el” ser, “el” más, “el” ex, “la” realidad, sino que es algo mucho más simple, pero, a una, mucho más decisivo y fundamental. Es el “estar presente” del contenido en la aprehensión en cuanto “estar”, esto es, la actualidad (que no estudiaremos en este artículo). Por esto, el contenido se libera de su límite, de su simple determinación; es decir, de su pobreza, déficit y carencia en pro del “estar” en que está presente desde el “prius” de su constitución como tal. Este abandono en la realidad en el que está el contenido lo libera y lo posibilita a ser más que sí mismo “en” el hecho mismo de ser tal o cual contenido. Este contenido en lo que propiamente es en y por sí mismo se vuelve más real, más propio de sí, más “de suyo” al ser determinado en intelecciones ulteriores. El contenido exige más realidad. La realidad  se nos muestra como comunicación en el sentido físico del vocablo, esto es, en un dar de sí que da común unidad al contenido. El contenido que está en lo abierto de sí requiere ser fijado por su esencial inespecificidad y para esto se le tiene que dar, otorgar unidad física para ser lo que es, esto es, para ser real. El contenido en lo abierto de su realidad tiene que ser más realidad, tiene que lograr la unidad que le permita tener suficiencia física para ser en y por sí mismo en el acto de aprehensión. La realidad al dar mismidad al contenido, liberado de su pobreza sentida, permite y posibilita que ulteriores contenidos se alojen junto a él para que lo tornen más real; por tanto, la mismidad lo que hace es dar realidad, esto es, “reificar’. “Reificar” es un bello neologismo que nos indica el sentido activo de la realidad; es la realidad como constituyente. Cuando hablamos de realidad debemos entenderla en sentido físico, activo y verbal. La mismidad es un “hacer (facere) real”, hace real lo que adviene a la realidad. “Reificación” es comunicación[33] y esto significa que la realidad da una unidad común, hace real el contenido en lo más propio de sí; esto es, lo constituye como real. De allí que cada cosa es la misma aunque no sea lo mismo (fórmula que siempre está presente en la obra zubiriana a lo largo de su vida). Cada cosa está en la misma “reificación”, está en el mismo “hacer constitutivo” que da realidad, que hace suficiente a cualquier contenido para ser en y por sí mismo el que es en el acto de aprehensión. Y, por esto, la mismidad se nos impone como numéricamente una. Todo acto de aprehensión se inscribe en la mismidad física en la que está por el hecho mismo de estar sintiendo. Y es en esta actividad física numéricamente la misma en la cual se inscriben todos los contenidos que el hombre siente en su diario vivir. No podría ser de otra manera, pues de lo contrario el hombre viviría en parcelas de realidad. Y esto es imposible y absurdo. En la medida que el hombre está sintiendo tal o cual cosa, por ende, está sintiendo el momento de realidad de cualquier otra cosa. Y esto lleva que el hombre esté inexorablemente en y por el momento de realidad de las cosas en “la” realidad (lo abierto, lo inespecífico) de ellas, exigido y requerido a determinarlas y en esto a determinarse a sí mismo. El hombre está lanzado constitutivamente “hacia” el carácter mismo de realidad en el hecho mismo de sentir las cosas como reales. Pero sobre el “hacia” hablaremos más adelante.

Zubiri siempre está preocupado por los malentendidos en los que puede caer la interpretación de su pensamiento; tales malentendidos son muy frecuentes por la estructura interna de nuestro decir, estructura que busca dar con un “sujeto fantasmal” que está detrás de lo dado[34]. Debido a esto, nuestro pensador, nos hace algunas advertencias respecto del problema de la mismidad de la realidad. Advertencias que son muy pertinentes para nuestro estudio: “Lo real en cuanto real está abierto no en el sentido de que por sus propiedades toda cosa real actúe sobre todas las demás. No se trata de actuación sino de apertura de formalidad. La formalidad de realidad es en cuanto tal la apertura misma. No es apertura de lo real sino apertura de la realidad”[35]. Digamos algo de modo muy somero respecto de esto. Zubiri introduce en su terminología filosófica la distinción entre “lo real y la realidad”. Distinción que no siempre respeta y que nos lleva a grandes dificultades de interpretación de sus textos. Lo real es la cosa real, son las cosas ya constituidas; en cambio, la realidad es un momento de la cosa real (de lo real), el cual puede adquirir autonomía, cuando se le analiza descriptivamente, respecto del momento de contenido de ella. Entonces, lo real se articula en un constructo entre contenido y realidad. Lo que en este pasaje quiere indicar el pensador es que toda apertura de lo real (las cosas) reposa en la apertura del mero carácter de realidad de la cosa real (lo real). Por ser apertura de la realidad se puede hablar, derivadamente, de la apertura de lo real. La apertura de lo real se inscribe en el dominio de la “actuidad”, esto es, en el mero carácter de acto de las cosas; en cambio, la apertura de la realidad lo hace en la “actualidad”, esto es, en el ámbito del “estar presente” físico desde sí de toda cosa por ser real. Respecto de la actualidad y a su estructuración con la actuidad la estudiaremos en el acápite quinto de este escrito de manera detallada. Pero lo que debemos tener claro, en este momento, es que la actualidad de la realidad es la que abre la actuidad de lo real. Es el carácter físico de la actualidad, que el filósofo expresa en el verbo “estar”, la que posibilita que, en un ulterior análisis, las cosas reales, en su carácter de acto (que Zubiri llama “actuidad” para distinguirlo de su concepto de actualidad), esto es, de lo que son acabadamente, estén abiertas entre sí, pudiendo establecer todo tipo de relaciones. La actualidad como “estar” mienta el carácter físico de la realidad en su modo de “estar presente”. “Estar” es el verbo que tiene nuestro filósofo para articular realidad y ser en forma activa. Pero basta con lo señalado sobre la actualidad en este escrito[36].

Otra precisión del término mismidad que hace Zubiri, recae, una vez más, en el problema del decir que afirma la realidad: “Se dirá que en nuestras aprehensiones aprehendemos cosas reales múltiples. Esto es verdad. Pero esta multiplicidad en primer lugar se refiere sobre todo al contenido. Y, en segundo lugar, aunque se trate de otras realidades, esas realidades no son ‘otras’ conceptivamente sino que están sentidas formalmente como otras. Conceptivamente, las múltiples realidades serán casos particulares de un solo concepto de realidad. Pero sentientemente las otras realidades no son casos particulares, sino que son formalmente sentidas como otras. Y, por tanto, al ser sentidas como otras, estamos expresando justamente la inscripción de las distintas cosas reales en la mismidad numérica de la formalidad de realidad”[37]. Es totalmente claro que lo que se aprehende en una intelección sentiente es una constelación de notas. Por esto, el pensador no cree que se pueda dar eso que se llama sensación por la psicología fisiológica. A lo mejor es posible que en algún experimento aislado se pueda “crear” la idea de poder sentir solamente una nota, pero lo normal es sentir una percepción de un constructo de notas articuladas entre sí, de modo tal que ellas conforman un sistema sustantivo, son notas que tienen la suficiencia física para ser aprehendidas en su unidad; se aprehende un todo unitario; esto es, una cosa real. Ya sea un paisaje ya el simple color verde (si es que esto es posible de ser sentido, al parecer no lo es) se aprehende como un todo sustantivo con cierta coherencia estable. Pero, incluso así, lo que se aprehende son siempre contenidos. Son los contenidos los que ingresan a la realidad abierta en la que está la intelección por el hecho de sentir tal o cual contenido. Y en el hecho mismo de inscribirse en la misma  realidad, lo que Zubiri llama “numéricamente”, se siente el contenido en su total rasgo físico de “otro”. No olvidemos el “prius” del “de suyo” mismo del contenido aprehendido en cuanto aprehendido. La intelección, por ser impresión de realidad, siente los contenidos en su fondo físico; siente la alteridad del contenido como el “ya” de antemano a cualquier aprehensión en el acto mismo de aprehensión.

En una inteligencia sentiente se siente la realidad como “realidad otra” en donde lo físico mismo es en y por sí mismo. Pero esto, no es así en una inteligencia concipiente; es decir, en la concepción de la inteligencia de la filosofía occidental. Para la cual inteligir es concebir y lo que se concibe es un sujeto que no es físico, que está tras todo lo sensitivo. En donde la realidad es como un concepto de máxima universalidad, en que lo “otro” queda como el ámbito de los accidentes particulares que lo inhieren y, por tanto, lo físico mismo no es en y por sí mismo. Lo otro, la alteridad, en una inteligencia concipiente es siempre algo que no es físico, es un mero caso particular que se articula de modo predicativo con un sujeto conceptual que actúa como causa generadora y productora de casos, efectos y accidentes. Este era el problema de todo el horizonte del pensamiento griego que se manifiesta de modo pleno en el Poema de Parménides (por lo menos esto es lo que piensa Zubiri). Problema que produjo el advenimiento de una metafísica dualista que negaba la realidad en lo propiamente físico y sensitivo en que consiste, en favor de una realidad de tipo conceptual “más allá” de este mundo; el cual es el único mundo que hay.  

C.2 La respectividad

Un segundo momento de la estructura del “ex” de la realidad es la respectividad; Zubiri lo indica de la siguiente manera: “Como la realidad es formalidad ‘abierta’, no es realidad sino respectivamente a aquello a lo que está abierta. Esta respectividad no es una relación, porque toda relación es relación de una cosa o de una forma de realidad a otra cosa o a otra forma de realidad. La respectividad en cambio es un momento constitutivo de la formalidad misa de realidad en cuanto tal. Realidad es ‘de suyo’ y por tanto ser real es serlo respectivamente a aquello que es ‘de suyo’. Por su apertura, la formalidad de realidad es respectivamente transcendental. La respectividad transciende de sí misma. El ‘ex’ es ahora respectividad. Es la realidad misma, es la formalidad de realidad, la que en cuanto  realidad es formalmente apertura respectiva. Ser real es más que ser esto o lo otro, pero es ser real tan sólo respectivamente a esto o a lo otro. La apertura respectiva es transcendental”[38]. ¿Cómo comprender semejante texto tan sintético y constructo en sus términos? El texto es tan sintético en su significación que cuesta que aparezca lo medular y nuevo de este momento del “ex”. Es un pensamiento que se nos muestra un tanto reiterativo y poco claro. Pero, vayamos por partes y veamos qué nos depara. Digamos de entrada lo que no es respectividad, de este modo ya sabremos algo de ella. Respectividad no es relación en manera alguna. Respectividad será el fundamento de cualquier ulterior relación. La aclaración indica la distinción antes mencionada. Pero lo decisivo es que cuando aquí se está hablando de respectividad no se refiere a la respectividad de lo real, sino a la respectividad de la realidad, de la formalidad de realidad en su carácter de ser radicalmente abierta. La respectividad de lo real reposa y se constituye como tal en y desde la respectividad de la realidad. Aunque el filósofo español no es del todo preciso en su terminología, en este pasaje realidad se contrapone a lo real. Lo real es la cosa real, la forma de realidad o, si se quiere, lo real mienta simplemente las cosas; en cambio, la realidad es un momento de lo real, el momento fundamental por lo cual lo real es desde sí mismo abierto por el mero hecho de ser real independientemente de cuál sea su contenido.

Lo dicho por Zubiri, no es una mera sutileza conceptual, sino todo lo contrario. La respectividad de la realidad en cuanto al contenido se constituye como tal en una anterioridad que posibilita cualquier cosa real; tal anterioridad de la respectividad es la base para que la cosa real ya constituida como tal pueda relacionarse con otras cosas reales. Esta anterioridad, de la respectividad de la realidad en cuanto al modo de relación de las cosas reales entre sí, es muy importante no olvidarla, pues es la que da pie a cualquier fundamentación racional posterior. Debido a esto, hay un doble momento en la respectividad misma. Una que es respectividad en cuanto al carácter real y otra que es respectividad en cuanto al carácter tal. La primera funda la segunda. En la primera nos movemos en el ámbito de la realidad y en el segundo en el ámbito de lo real ya constituido como tal. Una es la respectividad constituyente y la otra es la remitente: “… la respectividad no es primariamente respectividad a otras formas de realidad, sino intrínseca y formal suidad. Es respectividad constituyente. La remisión a otras formas de realidad, cuando existen, es, en cambio, respectividad remitente. La respectividad remitente se funda en respectividad constituyente”[39]. En el ámbito de la respectividad constituyente estamos en la constitución misma de lo real en cuanto real. Es el fundamento mismo de lo que sea eso real en respectividad remitente a otra cosa real. Por ser constituyente, vemos que la realidad por ser abierta constituye, funda el contenido mismo. Lo hace suyo (esto es la “suidad” que veremos a continuación como otro momento de la transcendentalidad). Solamente en tanto que lo real en y por sí mismo, por ser real, está abierto en respectividad es que remite, y, por tanto, está lanzado a todo lo real: “… la respectividad constituyente es constitutiva de la forma y modo de realidad de una cosa. En cambio, la respectividad remitente remite de la forma y modo de realidad de una cosa a la forma y modo de respectividad de otra”[40]. Pero es suficiente lo dicho sobre este doble momento de la respectividad, pues quedarnos en la respectividad remitente no lleva a la metafísica zubiriana, lo cual no es nuestro propósito. En cierta forma lo que está dado en impresión es la respectividad constituyente, esto es, la articulación misma de lo real sentido en aprehensión primordial. Si no fuera así no podríamos sentir nada.

Por tanto, no olvidemos que en este análisis de la realidad como apertura respectiva estamos siempre sumergidos en el acto mismo de aprehensión sin salirnos de él; lo otro sería hacer una teoría explicativa de corte metafísico. Y esto sería confundir respectividad con relación (y además tendríamos que hablar en la metafísica zubiriana de la respectividad remitente de cada cosa como forma y modo de realidad, pero esto sería hacer metafísica y por eso no entraremos en ello, solamente al final del escrito hablaremos de la forma y modo de realidad para entender radicalmente lo que es el ser). La relación siempre ocurre en el ámbito de las cosas (formas de realidad como las llama Zubiri) y nos indica un cierto modo de articularlas entre sí. El modo de articulación relacional siempre pende del supuesto metafísico que le da sustento. Es este supuesto el que funciona como horizonte explicativo de la “actuidad” de las cosas reales entre sí. Y el supuesto típico es el que se construye desde el decir indoeuropeo que afirma una “relación” de inherencia entre predicado y sujeto. Da lo mismo cómo sea este tipo de relación ya sea categorial, esencial, etc., pues siempre es un tipo de relación subjetual. Donde una “cosa” esencial funciona como causa generadora y causante de la “cosa” accidental. En cambio, con la respectividad estamos en un horizonte totalmente distinto y anterior a cualquier construcción metafísica por muy acertada que sea; este horizonte es el de la inteligencia sentiente: “Es en esa intelección sentiente donde debe afincar el pensamiento filosófico, donde deben explayarse los caracteres del orden transcendental, y donde deben medirse los conceptos que constituyen el sistema de la metafísica. Por eso, la inteligencia sentiente es aquel elemento primario en que está instalada la consideración transcendental del mundo y de la realidad”[41].

Zubiri hace notar que su visión de la respectividad es totalmente diferente a lo que se ha pensado hasta hora. Pues no se trata de formas de realidad o cosas, porque para esto falta mucho que decir. Primero nos atenemos a las cosas mismas sentidas en el acto de aprehensión y las describimos constructamente y luego, así fijadas, podremos levantar una construcción metafísica más adecuada a los hechos y sin apartarnos de ellos. En la respectividad nos quedamos retenidos, remitidos, agarrados, ligados, poseídos, arrastrados por el carácter sentido de la apertura de la realidad en  transcendentalidad. Y lo que indica la respectividad de modo plenario es el acabamiento, el cumplimiento de la apertura misma. Por esto en Inteligencia y Logos cuando se nos habla de la transcendentalidad se nos expresa una fórmula con un matiz de diferencia a lo señalado anteriormente en Inteligencia y realidad. La respectividad se entiende ahora desde la apertura para dar con el sentido propio de la transcendentalidad. Y en esto la respectividad queda completamente absorbida en el carácter de lo abierto. La transcendentalidad: “Es, en fórmula sintética, ‘apertura’ a la suidad mundanal”[42]. ¿Por qué ya no aparece el término respectividad para expresar la transcendentalidad? ¿Es porque respectividad no tiene ningún peso por sí mismo? Para dar con la respuesta tenemos que volver a pensar lo que es la apertura. No olvidemos que la apertura es mismidad y esto significa dar mismidad en lo mismo que se está. Es la apertura en mismidad la que es en respectividad de modo acabado. No podría ser la realidad abiertamente misma sin ser respectividad en su esencia. ¿Cómo podrían advenir nuevos contenidos si la apertura en su mismidad no fuera respectiva en lo constitutivo de todo lo real (anterior a los relatos), esto es, en su carácter de realidad? Por esto dice Zubiri que es la realidad misma en cuanto realidad la que es formalmente apertura respectiva. El momento de realidad de la cosa sentida en impresión de realidad nos deja en lo abierto respectivo de la realidad, y así se puede inscribir en él cualquier otro contenido: “La realidad reifica cuanto adviene a lo real. El contenido de cada cosa real así inscrito, por así decirlo, en la misma impresión de realidad que nos dio la cosa real anterior”[43]. Si mismidad era comunicación y “reificación”, entonces es en la respectividad donde comparece en toda su magnitud la “reificación” de los contenidos. La realidad es apertura respectiva y esto mienta que es “reificante”. La realidad es apertura respectiva, esto es, “mismifica”, “reifica”: “La formalidad de realidad es apertura respectiva, y por esto es reificante”[44]. El “ex” como apertura respectiva es función “reificante” de la realidad “en” el contenido. Esto es el modo totalmente desarrollado y pleno de la mismidad.

Lo que sucede en el pensamiento zubiriano es que, por el método constructo de expresar la realidad, constantemente está estructurando el todo en términos de notas. Por no caer en el problema del indoeuropeo y así no sustancializar la realidad, cae en una articulación de notas, esto es, notas que funcionan como momentos que se linealizan en el decir constructo. El todo queda desdibujado en “notas-de”, las cuales se articulan sistemáticamente para formar dicho todo. Y aquí radica la cuestión, en que se indique cómo se impone tal articulación en la aprehensión. Pero para plasmar su pensamiento utiliza su propia lengua, esto lo lleva a expresarse en una lengua románica analítica de corte indoeuropeo. Y esto le exige empezar por una nota, luego por la otra y así sucesivamente. Lo que manifiesta, por tanto, una jerarquía de notas entre sí. Se parte de la más fundamental y se va a la más inesencial a través de una unidad que intenta no ser predicativa en inhesión, s